"Hay dos planetas, Nunca y Siempre, y un montón de asteroides entre ellos."
RAMIRO GUZMÁN

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sirenaEl agua está turbia, revuelta, desprolija. El aire de reserva se acaba, el mar ya no es mar, sólo es agua, prisión. El mar es más que nunca el mar, inmenso hasta lo eterno. Ya no hay más aire pero el buzo no muere: es como si estuviera respirando agua. En vez de nadar, vuela; vuela en el mar.

Ahogado o no, el muerto vive. Se mueve hacia todos lados, hacia ninguna parte. El marrón se hace gris, y el gris paisaje. Cerca, muy cerca del buzo arde una hoguera; fuego, fuego en el mar. Algún que otro tiburoncito aletea alrededor de ese fuego. Llegan ahora montones de peces. Más que peces debería decir colores: montones de colores con forma de peces. El muerto, el vivo que se cree muerto, los mira como en un sueño: “deben de ser enviados de Dios”, piensa.

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batalla interiorBATALLA INTERIOR

La desazón en mi campo de batalla interior. Afuera, arriba, abajo, las personas entendían el funcionamiento de las cosas. La tecnología, los celulares. Y yo escribiendo despacio cuentos y los atentados y las guerras. Trataba inútilmente de no desvencijarme. Las fogatas y los asados estaban a la orden del día y yo vivía un nuevo romance con mi gente. La luna era un pozo negro en mi alma, pero, a su manera, colaboraba conmigo. Yo buscaba enardecerme como en mis juventudes, pero mis pasiones habían mutado.

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La vela grande y chica hablaba con la chica y grande.
- Para mañana anunciaron apagón por esta zona - dijo la vela grande de edad y chica de tamaño.
- ¿Y a nosotras, qué nos importa?
-Nos importa mucho hija querida - repuso la otra.
- ¿Y por qué? - Preguntó incrédula la joven.
- Porque cuando hay apagón los hombres no ven y cuando no ven prenden fuego nuestras cabezas para ver - dijo la otra.
- Entonces en invierno debe ser muy lindo que haya apagón - dijo alegrándose la de corta edad.
- No, porque también arde nuestro cuerpo y poco a poco nos vamos achicando hasta morir.
- ¡¿Entonces cuando usted era joven también era alta como yo?!
-Sí mi querida. ¿Ves, cuán terrible es que haya apagón?
No obtuvo respuesta. Ambas se quedaron en silencio, una esperando empezar a envejecer y la otra esperando la muerte.

Ramiro Guzmán

 

Ilustración Iñigo Muguerza

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Ahora que sólo soy una ola de mar empiezo a entenderlo todo. Es muy difícil escribir frases auténticas: el Universo y sus alrededores han sido escritos y reescritos ya infinitas veces. La literatura, hirviente como el sol, aspira a ser casi tan transparente como el agua; tan eterna como Dios. Es al fin y al cabo, igual que tantas cosas útiles en este mundo, un nido de hipocresías.

Los ojos de un cangrejo se me antojan mucho más sinceros y expresivos que todas mis palabras. ¿Se han fijado alguna vez en los ojos de un cangrejo? Háganlo. Verán la cara pura del instinto; el verdadero motor de la razón: un enigma salvaje que nos abastece de amor.

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Era el año 1812. Era un invierno mucho más frío que el ruso. Era una balacera sin pólvora.

Carlos venía cabalgando con un hijo atrás y otro delante de su ingle. La muerte flotaba en el inmenso hueco de una manera increíble. Carlos se sabía ficticio, fantasmal como una niebla evacuada de la atmósfera. La noche, a esas horas de tristeza, es un juego de galaxias. El campo se puebla de otros muertos que vienen a morirlo a uno. Se escucha carcajadas horribles y se entiende demasiado fácilmente que no son sino presencia de la soledad.

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No sé en qué parte de la Tierra ni de qué milenio futuro narro.
Lo cierto es que un tipo caminará solo por un mundo completamente inanimado.
Todo menos él será objeto.
No soplará el viento ni se moverán las aguas; no cantarán los pájaros ni bailarán las niñas.
Los seres: momias.
La existencia yacerá cataléptica, muerta.
Y en medio de todo esto, "mi" vagabundo rogará por la más nimia compañía, por el más insignificante sonido.