"Hay dos planetas, Nunca y Siempre, y un montón de asteroides entre ellos."
RAMIRO GUZMÁN

Batalla interior

batalla interiorBATALLA INTERIOR

La desazón en mi campo de batalla interior. Afuera, arriba, abajo, las personas entendían el funcionamiento de las cosas. La tecnología, los celulares. Y yo escribiendo despacio cuentos y los atentados y las guerras. Trataba inútilmente de no desvencijarme. Las fogatas y los asados estaban a la orden del día y yo vivía un nuevo romance con mi gente. La luna era un pozo negro en mi alma, pero, a su manera, colaboraba conmigo. Yo buscaba enardecerme como en mis juventudes, pero mis pasiones habían mutado.

¿Y por qué cuento en pasado todo esto?  Pamela y sus ojos nobles, sus dientes postizos y su amor por mí. No era un amor sexual. Era compinchería, gozar de estar juntos en los vaivenes no siempre generosos de la vida. Los pájaros y los roedores nos hacían cortejo. A mi casa se le cayó un pedazo de techo. Mis padres estaban viejos y cansados y yo estaba más cansado que ellos. Los libros estallaban en las imprentas pero yo no estaba orgulloso. Estaba melancólico  por pavadas. Y por el mundo, ése que quise mejorar y está cada vez peor. Peso mi alma en mis heridas. Afuera, arriba, la gente entiende del mundo cosas que ni jamás yo entenderé. Soy un lisiado mental. Atino. La noche enciende su muerte cósmica. Me fui. Salí a galopar por mi melancolía y me perdí en un sismo que me quitó la vida. Cuando renací, Pamela me daba un licuado de manzana. Y en la tele alguien contaba que había sido sandinista. Ganas de llorar de nuevo. El mar brama su alicaído invierno cotejándose con distancias. Vengo loco, triste y loco. La lluvia resquebraja los sueños de un adolescente. Pamela lava mi orín cotidiano en mis calzoncillos largos. Los goznes de mi corazón se resquebrajan. La vida acecha en un cuento de Cortázar, y leer me anima un poquito. En las pensiones del barrio Gardel llora su estampa. Todo lo que soy es el nuevo tren fantasma. Me queda una palabra para entender esta maquinaria. Voy de a poco, tejiendo las formas del olvido y la pasión. La muerte baila sola y en compañía y mi estrato llora. Los años saquean el florero intrépido que cuida los últimos años de mamá. Llego de Buenos Aires. Necesito costa. ¿Qué es esta adultez sino el caducar mis sueños de amor juveniles y hallar en Pamela cuidado y control? Una torta de naranja. Tengo la cosecha de años errando por bares claustrofóbicos y cocacolas de herrumbre y la vida como un ajedrez conmigo mismo de contrincante. Los años, la esperanza, la mirada en un superhéroe y la realidad. Viejas lecturas de Homero que ya ni recuerdo y un establo asediado por la velocidad. Diluvia en Montevideo, y yo bajo la cornisa de mi herida para reír. Fabrico un trébol de cuatro hojas mientras, después de la batalla, en mi interior queda un baldío lleno de cadáveres. Pudo ser Malvinas. Pudo ser ese sinlugar loco donde se deshace el tiempo. En San Telmo, compré un Patoruzú. Esta noche lloraré para higienizarme. La vida televisa una pelea de box. En la costumbre, en el barco, en el mar, voy muriendo un poco. Voy amando como puedo la cansada madreselva de mi sangre minada de estupefacientes. El cielo recorre la muerte ambulante de los cancerberos. Otra vez un galgo tembloroso llorando en mis pesadillas. Habrá que viajar, que seguir viajando, que imaginar otra religión, otro vacío, otra estancia. Las cosas que se fueron, las que ya no están, derriten el planeta y un niño llora y yo lo miro llorar. La constelación recóndita es ésta. La desesperación deambula por las calles y el mar. Todo, el panteón de los ángeles remotos, corea canciones que no me interesan más. No soy aquél flaco rebelde con y sin causa. Mido lágrimas y observo a una damisela levantarme el ánimo. El tiempo ha enloquecido, yo también. La tarde acusa un huso horario ataviado. El verso es óptimo, el templo cándido. Afuera, abajo, arriba, hasta el fútbol parece virtual para mis ojos. Ciudadanos que tiran las cartas y encienden mi sarcófago. Vengo remando desde lo lejos, haciendo el amor con la lluvia que hunde mi bote en mi corazón. La extravagancia mía consiste en trabajar mucho y amar al arte con candor. La puerta del cadalso está redimida. Salgo ligero y libre por los corredores del sol. Los novelistas cuentan que Dios ha muerto otra vez. Los novelistas son los escribas de mis adentros. Pongo un tango en la urbe de mi rocanrol. Muero nuevamente. Hay un pasadizo que lleva al gobierno. Me aterra, como me aterro yo. Después, me reconcilio conmigo. Afuera, en Buenos Aires, la noche muere veloz. Un arroyo vacío, un tiempo yerto: la cadencia de mi alma como un gemido. Esta isla con bueyes mal sembrados. Este bar literario agonizante. El infinito cuelga medallas en mi ornamenta. Los ojos de las mujeres que me quieren lavan mi ropa. Estoy temblequeando en la isla de la nada. Si me sintiera mejor podría escribir con más sensatez. Pero yazgo perdido en una reclusión sin canto y bajo alrededor de mí. Mis padres me cuidan. El arte me redime. Los ojos de Montevideo arrean basura y tiroteos. Largamente, en un sollozo. La muerte como un carril infinito. Todo este dormir de la tecnología que ignoro, viento, mar. El largo esplendor de ir construyendo una religión personal que no admitiría ser colectiva. Mansa, increpante, esta muerte es ambivalente. El sexo es una nave tardía hoy. Las nubes conducen mi ser hacia el trabajo. Larga, la noche muere y trajo desde lo otro unas palabras. Tengo una herrería en el semblante. La parafernalia de hojas escritura mi desierto. Lo largo vocea a lo conveniente un circuito nada intuitivo. Así, con preguntas y crayolas, voy regenerando mi tejido pulmonar, paradigma de esperanza. Tarde y loca, triste, contenta, la canción responde un mandato ulterior. Muchos milagros son confeccionados por el asesor de Dios. La felicidad se fue y regresará, en un mártir. Hay manzanas para licuar y muchas calabazas. Me cae una lágrima. Tantas pastillas y al fin dormir mal. Los árboles parecen explayarse con su mojadura. El mar salta y alienta. La nocturnidad llega como un parásito, hermosa.  Los símbolos atestiguan una platea alta peculiar. El teatro está lleno, la gente pagó, los dioses traman sus escaramuzas. El mismo pájaro gorjea irreverente y las autopistas son construidas aquí. En Florida y Córdoba mido mi dolor en Buenos Aires. Al otro día, el mar, Colonia, Montevideo.  Pamela pone cicatrizante.

Ramiro Guzmán (Idea de ilustración, Agustín Guzmán)

Categoría: