"Hay dos planetas, Nunca y Siempre, y un montón de asteroides entre ellos."
RAMIRO GUZMÁN

Mar

sirenaEl agua está turbia, revuelta, desprolija. El aire de reserva se acaba, el mar ya no es mar, sólo es agua, prisión. El mar es más que nunca el mar, inmenso hasta lo eterno. Ya no hay más aire pero el buzo no muere: es como si estuviera respirando agua. En vez de nadar, vuela; vuela en el mar.

Ahogado o no, el muerto vive. Se mueve hacia todos lados, hacia ninguna parte. El marrón se hace gris, y el gris paisaje. Cerca, muy cerca del buzo arde una hoguera; fuego, fuego en el mar. Algún que otro tiburoncito aletea alrededor de ese fuego. Llegan ahora montones de peces. Más que peces debería decir colores: montones de colores con forma de peces. El muerto, el vivo que se cree muerto, los mira como en un sueño: “deben de ser enviados de Dios”, piensa.

El chapoteo de las olas se ordena, y su andar suave también. Lo que nace es música. Música del mar, distinta de todas las músicas que el buzo ha oído. Es el momento de la danza, danza ritual que como todos los ritos, guarda para los extraños algo de mágica e inexplicable, para los superfluos ridículo, para los miedosos tenebroso.

Los peces son olas verticales que van y vienen, de la cabeza a la cola, de la cola a la cabeza. Como un corazón que bombea sinuosamente, que se abre y se cierra despacito, una traslúcida burbuja surge. Dentro de ella, ingrávido mas reinante, un dorado pez baila. La figura se aclara y a su costado, cual de la nada emana, soberbia y altiva, callada, por sobre todas las cosas callada aunque la música habría tapado su voz, una hermosísima mujer, rubia. Pez y humano se abrazan. La música cesa y la burbuja se hace nube. Esfumada la fumarola, una sirena se ve. Un par de metros más atrás, una mujer pescadocéfala yace. La sirena se le acerca y la besa; un mujermembrado pez vive.

En la costa, la operación rescate comienza. Vanamente: seis horas después, el buzo regresó por sí mismo. Ya en la arena, el hombre levantó la mirada para conversar con el horizonte. Y se quedaron solos, por un instante, el buzo y el mar.

Ramiro Guzmán

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