"Hay dos planetas, Nunca y Siempre, y un montón de asteroides entre ellos."
RAMIRO GUZMÁN

Cabalgata

Era el año 1812. Era un invierno mucho más frío que el ruso. Era una balacera sin pólvora.

Carlos venía cabalgando con un hijo atrás y otro delante de su ingle. La muerte flotaba en el inmenso hueco de una manera increíble. Carlos se sabía ficticio, fantasmal como una niebla evacuada de la atmósfera. La noche, a esas horas de tristeza, es un juego de galaxias. El campo se puebla de otros muertos que vienen a morirlo a uno. Se escucha carcajadas horribles y se entiende demasiado fácilmente que no son sino presencia de la soledad.

Uno de los niños sonrió, como si hubiese nacido sano, y en realidad, sus brazos desnutridos hacían paradoja con su hidrocefalia. El niño de adelante era más lindo pero mudo. El animal espumado por la transpiración invisible llevaba de herraduras su fe en Dios. El galope solamente se notaba por su propio movimiento; el resto era oscuridad.

El relincho pasó como la voz del niño lindo, y no a causa del silbido del tren. El caballo se detuvo como si no hubiera relinchado. Como si pudiese intuir las vigas de la vía, tan rudas como morirse en una mina de carbón. El ruido del tren pareció prolongarse en todas las capas de todos los posibles cielos. Se fue acercando, nada iluminado; pero el paisaje, obviamente, se transformó en gris tormenta. En el tren iban –no íbamos- los felpudos, los locos y yo. El hombre colocó la mano izquierda a la altura de su cabeza, y guitarreó apenas los dedos, como único saludo. Yo no entendía bien por qué estaba allí; empiezo a creer que no soy ni un felpudo ni un loco; apenas un espectador con un pasado lacrimógeno.

El niño raquítico pudo fallecer de pánico sin que yo me enterase. Esa hipótesis no me resulta probable. La quietud del caballo, el resoplo del caballo cuando el silbido del tren agonizaba en la distancia, crearon en el hombre un afán de paz que se confundió con la paz misma. Taloneó levemente; el animal continuó su marcha perpendicular al tiempo. La oscuridad volvió con su dimensión absoluta. El caballo sintió por primera vez que sus patas apoyaban demasiado. El niño mudo acomodó su boina roja, encajándola amorosamente en su cabeza hermosa. Los pasos se condensaron, como el retorno macizo y disperso del sufrimiento. Carlos pronunció, despacioso y solemne el Padre Nuestro. ¿Cómo será estar en los cielos? El niño mudo lloraba. Pero sus lágrimas no asomaban en sus ojos; iban aumentando la hidrocefalia del otro niño. Éste, estornudó despacito.
-Yo amo los truenos- dijo.

Su padre le dio la razón con el alma. Luego murmuró el sermón de la montaña. Pestañó, es cierto.

-El amor a los truenos nos viene de soluciones imposibles; de proyecciones de nosotros mismos a través de caminos sin vuelta.
Dos millas más allá, el niño lindo se sacó la boina. Se acarició el pelo claro y prolijo. El padre prefirió no nombrar nada en ese momento, ni siquiera de manera mental. La mano derecha del raquítico fue hacia atrás; diez segundos antes, el mudo había pasado la boina de su mano izquierda a su mano derecha; la boina y las dos manos se juntaron, y la mano del niño mudo soltó la boina. El raquítico tambaleó. Carlos tomó la boina y la apoyó sobre la cabeza de su hijo, como quien la apoya en su mesa. Éste sonrió. Una milla más adelante, preguntó:
-Papá, ¿falta mucho?

Ramiro Guzmán

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