"Hay dos planetas, Nunca y Siempre, y un montón de asteroides entre ellos."
RAMIRO GUZMÁN

Tratado sobre la mortalidad del cangrejo

Ahora que sólo soy una ola de mar empiezo a entenderlo todo. Es muy difícil escribir frases auténticas: el Universo y sus alrededores han sido escritos y reescritos ya infinitas veces. La literatura, hirviente como el sol, aspira a ser casi tan transparente como el agua; tan eterna como Dios. Es al fin y al cabo, igual que tantas cosas útiles en este mundo, un nido de hipocresías.

Los ojos de un cangrejo se me antojan mucho más sinceros y expresivos que todas mis palabras. ¿Se han fijado alguna vez en los ojos de un cangrejo? Háganlo. Verán la cara pura del instinto; el verdadero motor de la razón: un enigma salvaje que nos abastece de amor.

Los cangrejos me hacen acordar a un gaucho de origen divino que yo conocí. Era un semidiós, un brujo de todas las razas. Le decían Troi. Tenía fama de atorrante: nunca había perdido una partida de cartas. Se la pasaba jugando al pool en el boliche, o mirando mujeres en el barcito del quilombo. Tomaba mucho… vino siempre. Le encantaba el canto popular. Pasaba el día afinando la guitarra, para irrumpir luego, a eso de las tres de la mañana, con una nueva canción. Su pelo era bien largo, lacio en algunas partes, motudo en otras. Todos lo queríamos en el pueblo; le conocíamos las mañas y le seguíamos la corriente. Pero él no era un hombre normal y lo sabíamos. Bastaba verlo mirando el río para darse cuenta. Se le caían las lágrimas y nadie sabía por qué. Recitaba bajito. Y de repente se incorporaba de un salto y se zambullía y desaparecía un par de horas abajo del agua.

“Buenas” le decía todas las mañanas al cantinero. “Buenos Días” contestaba el cantinero y el Troi siempre se enojaba: “Buenos días las pelotas. Ya te dije que tus días son mis años y tus años mis segundos”. Nunca pagaba. Tampoco nunca alguien había querido cobrarle. Por ahí contaban que había sido muy rico; que había tenido mansiones en casi toda Eurasia, en América, en Oceanía, en África y en Saturno. Mucho se discutía al respecto:
-Perdió todo jugando a la ruleta.
-Todavía es millonario. No quiere que lo sepan. Se hace el que no tiene un peso…
-¡No digas pavadas! Si donó no sé cuánta plata para beneficios.

Qué hacía los días de lluvia. Ése era el gran misterio. Algunos argumentaban que él era el dios de la lluvia. Que subía al cielo y pinchaba las nubes una por una. En épocas de sequía los campesinos intentaban sobornarlo. Incluso habían llegado a apedrearlo.

Una noche, mientras los primeros relámpagos cortaban el cielo, yo y dos amigos lo seguimos; queríamos ver a toda costa adónde iba. Habíamos apostado a las respuestas más insólitas. Luis estaba convencido de que se transformaría en avestruz: había leído algo así en una revista de ciencia ficción; Ricardo juraba que se reuniría con los demás dioses, para homenajear al Todopoderoso en un acto multitudinario; yo, por mi parte, era el más racional de los tres: me jugaba la cabeza a que iría a tomar café con leche en lo del Diablo.

El Troi caminó las primeras cuadras tranquilo, por las zonas más pobres del pueblo. Marchaba cabizbajo, parecía ignorar totalmente que se venía el aguacero. Canturreaba. Sacó un cigarro del bolsillo derecho. Qué raro, nunca lo habíamos sorprendido fumando. Se lo puso en la boca, y miró para atrás de golpe. Supongo que hacía rato que nos había visto. Nos llamó, cariñosamente. Sentí mucha vergüenza. “¿Tienen fuego?” nos preguntó. Luis tenía; le dio. El brujo apretó el cigarro entre los dos dedos y los dos labios.

“Shalom”, dijo, mostrando la garganta, mientras dejaba escapar la primera bocanada de humo y su índice y su anular se alejaban paulatinamente de una mancha negrísima que era su cara.

Uno de nosotros le pidió una pitada. “No”. Insistimos. “No, fumar es malo”. Pregunté de qué marca era el cigarro. El gaucho se llevó la mano izquierda al mentón. Sus uñas sucias y largas brillaban en la oscuridad. Tosió. Pensé que haría cualquier cosa menos contestar. No fue así. “Son Coronado” me dijo.

Prrrá…

El cielo explotó. Mojadas, las calles de tierra adquieren un olor especial. Ahora el Troi se reía; tanto sonaban sus carcajadas, que no se diferenciaban de los truenos. Imposible resulta saber si estaba o no contento.

-Mi presencia aquí se torna a cada instante más efímera. Casi podría decir que ya me fui, que ya me estoy yendo. Estoy por volver, allá, con ella.

Hicimos caso omiso a estas palabras: el brujo siempre divagaba. Evidentemente este pobre hombre al que todos atribuían poderes tan mágicos era apenas un peludo infeliz. Había perdido todo encanto para nosotros. Qué desilusión; qué mojadura al pedo.

-Me clavarán mil puñales- siguió. -No se preocupen. Arrástrenme hasta el río después. Y tírenme… y tírenme.

Definitivamente el viejo estaba cada vez más loco. ¿Quién iba a apuñalarlo en el pueblo? Los únicos que se enojaban a veces con él eran los campesinos. Y con aquella lluvia… ¿de qué iban a quejarse?

Ya estábamos hartos de mojarnos. Salimos corriendo. Cuando llegué a casa y me enteré de que el techo del baño se había venido abajo, empecé a ponerme nervioso. La radio había dicho que ya eran dos las víctimas del temporal, más no sé cuántos heridos.


Mamá gritaba:
-El brujo, el brujo fue. Él es culpable. Él es el asesino.

Mi hermano puteaba, en las casas vecinas el griterío ya ahogaba la tormenta.

Al otro día el cielo amaneció despejado. “Buenas” saludó el Troi entrando en la cantina. “Buenas” le respondió el cantinero. Yo estaba en el boliche. Parecía que se estuviera filmando una película: todos los actores conocíamos el final.

No recuerdo quién lo invitó a chupar unos matecitos en el bosque. Las miradas del pueblo entero esperaban allí. Entre los árboles marrones empezaron a ensartarle ojos, gritos, puñales, balazos. Luego, cobardemente, todos huyeron: les dio pánico aquel cadáver. Quedamos solo tres: Luis, Ricardo y yo. No tuvimos valor para huir. Agarramos la mancha roja de sangre entre los tres. La empujamos animalmente hacia el costado.

Dos por tres la soltábamos, asqueados. Hasta el sol olía a podrido. Un policía nos vio, de lejos. En ninguna comisaría se confirmó el asesinato. Sin aire, y sin ganas de respirar tampoco, nos adentramos en el agua. Dimos siete pasos río adentro. Soltamos la mancha. El rojo, el rojo, el rojo en el agua. El rojo corriendo por el río, el rojo internándose en el mar, el rojo evaporándose hacia el cielo, el rojo lloviendo, el rojo besando a su mujer.

Ramiro Guzmán

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